VIII
Una Fe práctica, tangible y funcional
Una Verdad única
En muchas ocasiones los grandes
secretos se esconden a la vista de todo el mundo para que permanezcan
protegidos. Lo desconocido es insospechado y no por lo complicado que sea
explicarlo sino por lo difícil que es darlo a entender a cuantos aún no están
preparados para asimilar las explicaciones.
Pues fácil es enseñar a los cerebros pero no así a los
corazones engañados por creencias insuficientes y pergeñadas según la
ignorancia de la observación en detrimento de la lucidez por un pensamiento
puro. Es la dicotomía conocimiento-desconocimiento la base de las certezas o
los equívocos de un mundo donde cada pensamiento tiende a considerarse una
verdad relativa, acaso viviendo el espejismo de una realidad.
¿Pero y si todas esas aparentes certezas que
nos ayudan a comprender el orbe donde evolucionamos, son solo las sombras que
ocultan una verdad única que no explica la mente racional sino la
intuición de lo sencillo? ¿Y si los grandes secretos confluyeran en una sola
verdad a través de una inspiración en unicidad con la voluntad de entender el
origen de todo este infinito expansivo que convierte la existencia en un
misterio irresoluto? ¿Y si el fin de la vida consistiera en conocer un secreto
a la vista de todos para comprender el porqué de la razón de existir?
Antes fluyen las ideas ordenadas pero inciertas que las que pretenden
desordenar, por ser ciertas, las ideas preconcebidas que son engañadas por un
corazón cerrado a un entendimiento único al margen de creencias o dogmas. El
entendimiento verdadero no depende de la razón en la que el hombre se extravía
explorando un universo sin fin. En todo laberinto existe una salida después de
recorrer los pasillos de la desorientación. Este laberinto existencial también
posee su puerta para salir de él, a pesar de sus complejidades o de sus
ilimitadas percepciones.
Mi escarceo con la meditación ya me mostró cómo bregar
con este problema de las dimensiones superpuestas donde todo es sencillo
a la vez que complejo, gigantesco al tiempo que minúsculo, intemporal a
la par que contaban los segundos de una inspiración aparentemente
contradictoria. Porque uno aprende de la interiorización que todo es como
parece hasta que se ahonda en la esencia de su causa para existir y se
comprende que no hay casualidad aparente en las semejanzas ni
distinciones causales. En realidad todo proviene de un mismo origen de creación
que es energético y maleable; a voluntad de un Creador que reconocido como Infinito formamos parte de su obra. Pero las distancias rompen el encantamiento
de una idea global donde somos ese infinito más allá de nuestro limitado
conocimiento.
Por eso la Fe para alcanzar tan ignotos
destinos que nos sobrepasan las limitadas creencias y nuestra vida temporal. La
vida es en apariencia un galimatías sin sentido, un misterio sin razón que
existe en una razón de ser donde todo posee una causa. El enigma está a la
vista de todos como también el secreto único por el que la existencia se
transforma en una razón primera, espiritual y práctica. Tan práctica como
espiritual porque lo uno es complementario de lo otro y los asuntos del alma no
son virtuales sino tangibles y funcionales.
Mucho más prácticos, inmediatos, tangibles y
funcionales que lo que la ignorancia y el egoísmo vanidoso de lo humano han
dado a entender interpretando para sí mismo esa generosa concepción de
existencia laberíntica que posee su vía de escape hacia nosotros mismos.
Mirando la Fe como una herramienta de
soluciones inmediatas, sus certezas son tan cercanas como visibles para
aquellos que están preparados para ver. La sencillez de entenderlo es lo que
diluye el infinito en que se extravían las soberbias, para desde la visión de
un alma renacida comprender los muchos misterios que no conducen a nada, siendo
todo un escenario sin trascendencia-a pesar de sus magnitudes-donde lo que
realmente importa pasa inadvertido para los que aún no saben, no sienten que
pueden ver. La Fe es certeza, no creencia. Una salida funcional de un
laberinto que puede desaparecer prácticamente comprendiendo los sencillos
fundamentos de nuestra razón de existir. Así el que pueda entender, no con las
orejas del mundo sino con los oídos del corazón, entienda cómo resumir el
extravío del infinito en una única razón por la que existimos. Mucho más
sencillo y cierto que todas las ciencias de un hombre perdido en busca de un
destino que jamás le conducirá a parte alguna que no sea la humildad de mirar
hacia sí mismo... y regresar de un largo viaje hacia ninguna parte.







