II
La sabia intención oculta de la existencia.
Dios cede el protagonismo.
Somos los protagonistas de nuestra propia evolución.
Dios, lo Supremo incontestable aunque se le niegue, deja una herencia y
conforma el escenario.
En toda comunicación que conlleva un aprendizaje
uno es el que pregunta y otro el que responde. Aunque Jesús decía que “bástele
al maestro ser como su discípulo y al discípulo ser como su maestro”, en las
cuestiones divinas-por llamar así a esa barrera infranqueable para la limitada
racionalidad –la Creación, Dios, el Demiurgo o como quiera llamarse, es la
esencia afín a la Infinitud desconocida. Un Maestro callado que habla a través
de otros siendo de Él. Así no hay respuesta que uno mismo no pueda responder
cuando está preparado para reconocer la impotente condición del orgullo
mundanal.
La búsqueda interior es admitir que en la
humildad está la certeza que dirime las dudas porque se sabe desde otra actitud
clarificadora, otro prisma que renuncia a la visión egotista de un conjunto
cuya identidad es en realidad sencilla aun con el infinito que apabulla; cuando
se sabe allegarse a esa cierta intencionalidad. Y tan importante es admitir que
polvo somos y en polvo nos convertimos como el premio que conlleva el
gesto de la renuncia para obtenerlo todo. El Reino de los cielos interior es la
panacea contra toda carencia. No obstante ya quedó dicho que “somos dioses”.
En tanto elijamos lo mundano seremos hijo del hombre y como tales
evolucionaremos en el laberinto de la vida hasta que en ese reconocimiento
humilde salgamos del extravío para transformarnos en Hijos de Dios.
La Biblia incide una y otra vez en el despertar
de una consciencia renovada y, sobre todo, práctica: aprender silenciosamente
lo que la evolución del espíritu dicta hasta la consecución de un regreso. Tal
cual describe la Parábola del hijo pródigo. No hay enseñanza para reconocer la
humildad que no se haya sembrado pese a la constante recolección de la
impotente codicia terrena. Generación histórica tras generación; religión tras
religión, todo confluye en la búsqueda interna: la intención de la inocencia
para vaciar un odre viejo que ha de ser renovado con un vino en odre nuevo que
aprovecha. ¿Renuncias al desorden terrenal? Regresas, despiertas y obtienes
todo lo que deseas lejos de la influencia perdida del orgullo humano.
En todo caso, el
protagonismo de la Infinita creación queda supeditado a la voluntad de cada
cual para entender cuando pueda hacerlo. Estando preparado más allá de las
sabidurías complejas del cruel, competitivo y duro ser humano que evoluciona en
inteligencia dejando pendiente la lección del corazón.
Pero para entender estas simplicidades con intención
oculta hay que desaprender y consentir. El regreso del hijo pródigo se produce
cuando recuerda los cuidados del padre que lo dejó marchar con parte de su
herencia, con el fin de aprender por sí mismo que su independencia es orgullo
baldío y su voluntad sin norte el extravío seguro de su razón de ser infinita.
Aprender en lo espiritual es reconocer, después
de haber asimilado una condición limitada, que desde el principio hasta el fin
todo conduce al polvo, siendo la magnánima grandiosidad del historial humano un
rastro efímero que sirve a las generaciones para mantenerse en la misma
ignorancia vital, en tanto se ha de aprender sobre el verdadero sentido de la
vida que pasa inadvertido… hasta que la verdad hace libres, desterrado el
espejismo de la autosuficiencia mundana.
Un plan, una intención, una verdad por actitud
Suprema… la Verdad intencionada que explica todas las verdades relativas de la
inacabable capacidad pensante que siempre yerra contra el muro insoslayable de
la extinción individual y colectiva. Por mucho que los escribanos dejen
constancia de la universalidad de la gestas.
Somos los protagonistas de nuestra propia
evolución. Dios, lo Supremo incontestable aunque se le niegue, deja una
herencia y conforma el escenario. El regreso al Infinito asimilable depende de
cada uno de nosotros. Algo que solo puede entenderse mediante un proceso evolutivo
del alma, inexplicable sin un ciclo de encarnación del que la Biblia hace
mención permanentemente. El que pueda entender que entienda, decían...

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