I
Dudar para acertar.
El porqué del misterio en el mensaje divino.
Cuando se formula una adivinanza o
acertijo la intención se basa en que sean otros los que acierten la respuesta.
El emisor la conoce y es por eso que plantea la incógnita. Uno sabe y comunica
mientras que otros son los llamados a acertar.
“Hablo en parábolas para que el que pueda ver vea y el
que pueda entender, entienda; no con las orejas del mundo sino con el oído del
corazón”. Jesucristo.
En la comunicación de los designios divinos el
secretismo es una constante siendo los profetas o enviados los que emiten
mensajes que nunca son claros. No disertan sobre lo sabido que ellos conocen,
sino que lo envuelven en el carácter de una adivinanza para que puedan
entenderlo aquellos que de alguna manera están preparados para comprender.
Siendo misterioso el mensaje, no una prédica
sobre asuntos ciertos, habría que incidir en la intencionalidad que
subsiste en todos los enviados divinos, sean cuales sean las religiones que los
proclamen, de mantener oculto un mensaje al que solo los sencillos de corazón,
según dicen, pueden acceder.
La intención del misterio y no el misterio de
lo que permanece oculto, es la antesala para comprender la realidad divina que
se convierte en agua clara, una vez entendida tanto la intención como el
mensaje en sí. Y el mensaje es mucho más sencillo de entender en esencia que la
compleja disertación que a menudo en parábolas envuelve en secretismo cada
discurso público.
¿Por qué esa intención de ocultar? Nunca hay en
las exposiciones una certeza que pueda entender el raciocinio por su formal
enunciado empírico o pragmático. Jamás se usa una coherencia clarificadora de
la lógica para facilitar el entendimiento. Al contrario, todos los mensajes
conllevan una carga difuminada de adivinanza, de un credo nebuloso que solo se
clarifica cuando se resuelve el misterio. Y no es casualidad que esa
intencionalidad mistérica sea la constante de la guía divina porque el entendimiento
que se busca no depende del raciocinio frío de las evidencias, sino de la
sensibilidad del espíritu que busca y encuentra la sencillez en la respuesta,
mostrando el gesto de la humildad interiorizando y renunciando al espejismo
mundanal que todo lo pregunta y nada se responde… hasta que cada uno abre los
ojos para entender y la sencillez le clarifica el Infinito y la intención de la
existencia.
Más allá de la vida, más allá de muerte permanecemos
en una Sabiduría que tiene contado hasta el último cabello de nuestra cabeza.
Nada es casualidad: ni la intención del misterio, ni la esencia desconocida de
existir.
Los misterios divinos, las adivinanzas oscuras
que prevalecen a través de los tiempos, solo los resuelven los sencillos de
corazón. Porque disipar ese misterio consiste en reír con la intención de quien
lo enuncia y salir del laberinto para comprender que el acertijo mistérico es
solo una distracción para asimilar con humildad la futilidad de la soberbia
humana que se desenvuelve magnificada en una mota minúscula denominada Tierra, con todos sus habitantes llamados a la aparente extinción temporal.
Entonces el alma evoluciona y no hay más
preguntas que acertar, sino verdades que vivir. Lo que suceda al otro lado son
cuestiones que experimentaremos según el grado de esa evolución. Pero todo será
a su tiempo; mientras, nos afanamos en resolver acertijos con absoluta libertad
para llegar a la solución.
Sembrando y recogiendo. Cada cual, libremente,
escoge su camino de regreso con mayor o menor dificultad. Depende de la vanidad
o la humildad, no del cerebelo… que retorna con toda impotencia al polvo… en
apariencia. Porque está todo atado y bien atado. Saberlo o no, es otra cuestión
intencionada de una Voluntad excelsa.

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