Una inmensa existencia terrenal como lección de humildad.
Dejad a los guías ciegos que guíen a los ciegos
La dimensión espiritual es terreno
desconocido para el hombre cuyas incursiones son expectativas múltiples que se
desvanecen sin poseer la certeza de una Ciencia que explique un objetivo
pragmático de la existencia, salvo la muerte.
Así todas las civilizaciones se han enfrentado al
eterno misterio que es la primera y última razón de ser de toda la Humanidad.
Algo está delineado en un plan de Sabiduría insondable para que el hombre crea
sus grandes victorias desmentidas por el polvo al que es destinado inexorablemente.
No falla nada en esa realidad insoslayable, todo es un acierto conjunto de
capacidades infinitas formando parte de un Universo expansivo sin fin. Todo
menos creer que la grandeza, la magnificencia de los colosales logros es el fin
de la creación y el objetivo oculto del nacimiento.
Lo más importante pasa inadvertido en lo que
parece ser un simulador donde se demuestra constantemente el equívoco y la
impotencia del orgullo por las grandes obras que como los imperios siempre se
finiquitan, con la decadencia y el declive de la luces difuminadas entre las
sombras del cambio y la consumición.
El motor creativo
del mundo está basado en la soberbia de la competición por los logros, siendo
una única meta la que espera a todo triunfador. Pero en lo que atañe a la
espiritualidad, sin humildad no puede haber entendimiento.
Sin humildad no hay verdad que haga libres de
las cadenas pesadas de un mundo que no aprende en su conjunto; sin verdadera
humildad no se puede ser como niños y acceder al infinito poder de la Fe como
certeza que todo lo da, todo lo sana, toda carencia troca en abundancia y toda
ignorancia en el sencillo, pero ignoto, conocimiento de los secretos del
espíritu; sin humildad definitiva que entiende más allá del espejismo de las
grandezas, no hay retorno liberados del laberinto terrenal pensando que con la
muerte todo acaba.
Las guías de los profetas en cualquier
religión-ligar al hombre con Dios-hablan de renuncia y reconocimiento interior;
una muestra de humildad para el que pueda entender. No hay caos en la
Sabiduría, sino intención en la ocultación para que cada cual comprenda la
simulación de lo magnífico y se libere siguiendo las instrucciones del
espíritu. Solo los corazones evolucionados identifican la intención de la
Verdad lejos del mundanal abismo de atracción que es la ignorancia. Humildad en
este viaje a ninguna parte que es tan grandiosa como insignificante Humanidad
que vive en una mota de polvo inmensa llamada Tierra, inmersa en un infinito
Universo expansivo sin fin. No hay distancias mensurables hacia la ilimitada
Creación de un espacio incognoscible que la vanidad humana estudia, sin
advertir que solo sabe que no sabe nada salvo de sus hazañas inmortales
descritas por los escribas con seguro final.
La inteligencia no es creación humana, sino una
herencia otorgada para que, a pesar de las ilusionantes inmensidades que
abarca, retorne humildemente al reconocimiento de sus imposibilidades: el
regreso por la aceptación de un destino conducente a la nada, y el despertar
para entender que este escenario de conquistas es solo un simulador sin otra
consecuencia que el retorno humilde siendo como niños en la evolución del
espíritu. Toda la inabarcable evolución de la humanidad y sus sapiencias
históricas durante siglos parecen ser el plan de una Sabiduría infinita que lo
único que pretende es que se aprenda humildad para continuar la evolución de
las importancias del alma.
Hijo del hombre aquel que sigue los designios
mundanales y se deja embaucar por ellos; Hijo de Dios quien evoluciona y
renuncia al mundo para acogerse a los designios divinos que le piden ser como
un niño para encontrar un reino de los Cielos interior donde obtenerlo todo a
través de una Fe que no es creencia, sino certeza de que en esa renuncia todo
llega a quien sale de las sombras del orgullo terrenal.
Así lo expresan los libros sagrados, a modo de
señales trastocadas por el misterio para que el que pueda ver vea y el que
pueda oír, oiga. Intención como misterio, voluntad de un plan sabio ajeno de la
ignorancia humana.
Dejad a los guías ciegos que guíen a los ciegos, dijo Jesucristo sabedor de que los misterios del espíritu estarían a
salvo en tanto los custodiaran, sin entenderlos por sus duros corazones,
los innúmeros guías mundanales erigidos durante la Historia de la Humanidad que
creen estar en posesión de esas muchas verdades que desconocen la intención de
un plan divino: la clave, la verdad única que parece explicar, ciertamente,
todos los demás espejismos de la efímera vanidad.

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