La engañosa dimensión de la ambición humana
Un regreso en humildad
No es una teoría romántica sino una
certeza racional la premisa de que polvo somos y en polvo nos convertimos. Una
advertencia para ese cerebro privilegiado de lo humano que es capaz de arbitrar
muchos órdenes de la existencia con la absoluta y paradójica impotencia de no
poder conocer el sentido de la misma.
Hay dos verdades constatadas que confluyen en
un mismo misterio más allá del pensamiento o la fe religiosa que cada uno
quiera o no profesar: un tiempo para vivir y un tiempo para morir en una razón
de ser y extinguirse en apariencia que, si bien se entiende racionalmente, no
deja de ser desconocimiento global para todos. Siendo impelidos a vivir con el
horizonte inexorable de la desaparición, obligados a interrogarnos sobre el
porqué de este paso efímero por la vida quizá no se advierte que en esa inmensa
incógnita está la posibilidad intrínseca que nos permite descubrir la verdadera
razón de nuestra experiencia vivida como la comprensión de nuestra
desaparición. ¿Un orden preestablecido que supera las expectativas del
conocimiento humano?; que el razonamiento no pueda acceder al misterio no es
óbice para que exista una intención sobre ese orden.
Lo desconocido sigue siendo regido por
una inmensa Sabiduría que nos sobrepasa, tal cual lo es todo hasta que
encontramos una justificación intelectual para entenderla. Así sucede con el
origen y el fin de la existencia humana. No queda nada al azar; a pesar de no
entenderlo. Ignorar un porqué no significa que no haya una explicación.para
experimentarlo.Y de facto se experimenta inexorablemente aunque nadie haya
podido explicarlo.
Todo ser vivo está de paso en el orbe y sus
condicionamientos de vida están insoslayablemente ligados a la extinción. Que
sea así no es una casualidad y se colige observando la causa y el efecto que
dinamiza al mundo tal y como conocemos incluso intuyendo su infinito ilimitado
a través de las ciencias.
Es en los extremos-nacimiento, muerte- que
choca la complacencia racional advirtiendo un cuerpo conjunto de humanidad
donde todo pasa y evoluciona a través del paso del tiempo como de los
pobladores del mundo. Efímeras grandezas que si en lo individual poseen
caducidad, se extrapola a la historia acumulada de lo humano, formando la gran
cadena de la existencia donde cada individuo es un eslabón frágil de la
condición humana participante de una obra maestra de memoria indeleble. Pero
hasta esa historia se muestra insignificante ante la infinitud que la rodea y
de la que forma parte.
La vida no posee otra certeza que su enigma
intrínseco que define la impotencia terrena y sus vicisitudes por muy
magníficas que puedan parecer. Cualquier mundo microbiano podría relativizar la
trascendencia de los colosales méritos humanos que no solo se ubican en el
vacío de unas referencias espaciales y temporales insignificantes, sino que
también están abocados al misterioso umbral de la mortandad como única meta a
tan largos viajes en busca glorias destinadas al entierro y el olvido.
Mas no basta la evidencia contundente de la
desaparición para saciar la vanidad de una humanidad sin proporcionalidad, sin
identidad ante un Universo infinito, una alegoría de inmensa creación capaz de
transmitir la insignificancia de las proezas históricas. Tan grande sensación
de magnificencia en una Tierra inabarcable, tan minúscula ésta en un Universo
sin límite. Todo relatividad por un espejismo sobre espejismo, inmersos en una
realidad sobre realidades inabarcables... y con todo ese galimatías de
existencia e inexistencia los mensajes que nos guían al interior para no
dejarnos engañar por los reflejos del mundo. Un regreso en humildad
prescindiendo del engaño que muchos pretenden conquistar para luego desaparecer
como si nunca hubiesen existido, acaso con la ambición de dejar las huellas que
el tiempo siempre termina borrando.
¿Buscar en el interior y ser como niños para
que una verdad nos haga libres? Los secretos del espíritu revelados a los
pequeñuelos parecen ser diametralmente opuestos a las vanaglorias mundanales
por muy brillantes y colosales que puedan suponerse. Y si cuesta creer que
polvo son y en polvo se convertirán ahí permanece como árbitro insobornable la
muerte. Acaso detrás de su pasar esté la verdadera vida y con ella la dimensión
real de la existencia ilimitada que empequeñece este simulador terreno donde
pasan inadvertidas sus infinitamente sabias, magnánimas y muy sencillas
importancias.

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