Un sentido de la existencia también ordenado
La intención que encaja
El sentido de la existencia no está
desordenado. Las piezas encajan con una Sabiduría que sobrepasa la
ignorancia humana.
La humanidad posee el instrumento de la inteligencia
para indagar y comprender cada vez más el mundo en el que existe y desenvuelve
el propósito de la evolución, aunque siempre se halle desorientada con el fin
primero y último de la estancia sobre la Tierra. El sentido de vivir prevalece
en el tiempo, aunque no haya verdad unívoca en la intención de entenderlo.
A pesar del galimatías de voluntades, la Torre de
Babel sobre el propósito religioso, no hay casualidad en este milagro
inadvertido que es la vida en sí misma. Que no se sepa del sentido real
no significa que ese propósito no rija el impulso del progreso, el avance de la
Historia junto a la reflexión sobre la causa y el efecto de nacer y morir, difuminándose permanentemente el horizonte global al que todos nos dirigimos.
Todo en una mota de polvo inmersa en un infinito en expansión donde la
proporción es relativa según el prisma con que se observe. Ininteligible a la
poderosa inteligencia que todo parece saberlo menos el porqué de vivir como la
certeza de la desaparición.
Los secretos del espíritu son como una brisa: se sabe
que sopla pero se desconoce de dónde viene y hacia dónde va. El enigma es el
sentido de la existencia en sí mismo, luego hay una intención que dirige. Las
piezas de esa intencionalidad se conforman en un puzle existencial
perfectamente creadas y que colocadas correctamente dan significado real a este
existir que bien podría ser imaginario según la relatividad de su consciencia e
inconsciencia; muerte y vida; realidad y sueño. La dicotomía donde todo se
corresponde dando a entender que nada queda al azar a pesar de su aparente
improvisación. Solo hay que colocar las piezas correctamente y quizá hasta renunciar
a colocarlas para así poder ver sobredimensionada la razón de que algo nos
impulse a querer conformar un sentido axiomático de la vida. Acaso
si supiéramos la intencionalidad también conformaríamos el puzzle desordenado de
la limitada voluntad mundanal para acceder a los secretos del alma, renunciando
a mirar hacia el infinito que extravía; prestos en la renuncia a conocer los
íntimos, humildes designios divinos del corazón. Porque la divinidad es una
señal generalizada aunque se malinterprete o pretende ignorar, Algo hay
superior y concluyente, organizado e intencionado. Porque materia-alma es
también dicotomía que nos trasciende queramos o no entender los propósitos
dimensionales a los que pertenecemos de una u otra manera y advertidos estamos que
nada somos y en nada nos convertimos por el propio e inequívoco propósito de la
subsistencia material.
La existencia humana podría comprenderse desde la
trascendencia del microcosmos o del macrocosmos y no variaría la relativa
consideración de las dimensiones ni la significación resolutiva de la
observación. Todo es grande e infinito como pequeño y efímero según la
inteligencia con que se quiera mirar el entorno del que formamos parte y al ser
mismo que nos permite conformarnos en este laberinto de reflexión en que
estamos inmersos, intentando asimilar colectiva e individualmente, más
civilizada o incivilizadamente, nuestro paso por la existencia con mayor
o menor provecho de la voluntad espiritual; con mayor o menor progreso de las
sencillas premisas de la inocencia tan alejadas de las consistencias de la
ambición humana cuyo destino es el polvo.
Las piezas existen desordenadas; la intención
constructiva coexiste con el libre albedrío de querer conformar un puzle cuya
solución parece estribar en la renuncia a componerlo y construirse en una pieza
divina desde el interior; La Luz de la que dice Buda que “tú eres tu propia
luz, tu propia lámpara” o Jesús y el reino de los Cielos interior al que se
accede siendo como niños. El espíritu del enigma resuelto que todo lo sabe y
todo lo da cuando se regresa al origen del primer y único misterio que todo lo
explica con el retorno sin la duda mundanal.
¿Renunciar a construir un puzle infinito para
descubrirlo en uno mismo con la inocente renuncia a la ambición de comprender
para entenderlo todo? ¿Intención divina de una inmensa lección de humildad a la
ensoberbecida humanidad, como misterio resuelto a quien pueda y quiera
entender con la entrega de un niño? En la inmensidad de la ignorancia mundanal,
la intención encaja.

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